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La traición de Netflix

Como toda amante del arte cinematográfico, he dependido durante años para recibir mis dosis de “celuloide”, además de las salas de proyección, de los diversos servicios de alquiler de películas y de más de una tecnología. He recorrido tiendas de video en busca de un título raro de cine extranjero, he alquilado en tiendas de grandes cadenas y en pequeños locales de barrio con copias de dudosa procedencia. Me hice miembro de clubes con pagos mensuales para reducir el precio del alquiler y utilicé cuanta oferta de “dos por una” se hacía disponible.

En cuanto apareció la innovadora opción de Netflix de enviar una cantidad de DVD al mes por un precio fijo, con una variedad cada vez mayor de películas de estreno, cine independiente, extranjero y otras rarezas, me uní como una de las primeras y más fieles seguidoras. Me resultaba satisfactorio el precio, la calidad del servicio y el vuelo anticorporativo de la compañía. Me indigné cuando Blockbuster trató de imitar el modelo desvergonzadamente y me alegró cuando perdió la competencia y se vio obligada a comenzar a cerrar tiendas.

Cuando, ante el avance de las nuevas tecnologías, Netflix empezó a ofrecer contenido instantáneo a través de Internet, fui de nuevo pionera y me hice adicta hasta el punto de prescindir de los servicios de cable. Por eso, ahora que Netflix se muestra irrespetuosa con sus clientes, nos sube el precio de los servicios irreverentemente y trata de camuflarlo con juegos de palabra, me siento traicionada. Y no soy la única, he visto el eco de mi reacción repetirse por todas partes en los medios sociales y en las oficinas. No sé si cancelaré mi cuenta o alternaré parte de los servicios (los DVD o el streaming) con la competencia, pero no me parece justo y espero que reconsideren su decisión.

 
 
 
 
 
 

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