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¿Un mundo sin aditivos?

El precio de una famosa hamburguesa o el de una popular bebida refrescante, ambas muy propagadas por todo el mundo, suele usarse como indicador económico para el análisis de algunas regiones o países. A mí, que estoy muy lejos de ser economista, esto siempre me ha parecido un poco absurdo. Primero, porque esos precios se dan en dólares y, con frecuencia, sin considerar los salarios de las personas y el resto de los parámetros de su nivel de vida, más acordes con las necesidades locales. Y segundo, porque ¿cuántas personas en otras regiones del mundo ingieren o se preocupan por el precio de ese panecito con “carne” y el de un poco de agua azucarada, glorificada por la publicidad?

Pensaba en eso mientras buscaba en el supermercado un refresco que no estuviera endulzado con jarabe de maíz rico en fructosa (high fructose corn syrup) ni contuviera colorantes artificiales: esos nombres de colores seguidos de un número que son tristemente célebres por ser cancerígenos. Quería complacer un antojo de mis hijos sin comprometer mi dedicación a alimentarlos de la manera más sana posible.

Entonces se me ocurrió preguntarme, ¿qué le ocurriría a los indicadores económicos de consumo, e incluso a la economía misma, si de repente un gran número de personas se contagiara con mi obsesión y comenzara a leer con atención las etiquetas? ¿Qué sucedería si los consumidores dejáramos de comprar todos los alimentos elaborados con ingredientes nocivos o sospechosos? ¿Qué harían los productores y distribuidores con las toneladas de aceites parcialmente hidrogenados, conservantes de nombres impronunciables y cantidades excesivas de sal, por sólo citar algunos ejemplos? Es difícil imaginarlo.

En ese mundo idílico, lo más seguro es que me hubiera gastado menos en los refrescos de naranja que al fin logré encontrar y que tanto les gustaron a los niños: Sólo contenían jugo y agua carbonatada, pero eran mucho más caros. ¡Qué novedoso!

 
 
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