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El cuaderno de Maya, de Isabel Allende

¿Por qué el urgente empeño de Nidia Vidal, Nini, por confinar a Maya su nieta, en la remota isla de Chiloé al sur de Chile, a miles de kilómetros de Berkeley en California donde vive la desconcertante joven de apenas 19 años de edad, rubia, ojos azules o grises de acuerdo con la intensidad de la luz diurna o nocturna, como su vida interior; desorbitada o aguda, con la experiencia de un siglo a cuestas por el encuentro con un suceso insospechado después de escapar de la academia a donde asistía, en Oregón, sin rumbo previsto?

Marta Otter, azafata danesa, un buen día abandonó a la bebé con aroma a pañales en casa de los abuelos paternos, mientras Andrés su esposo, cándidamente volaba entre las nubes del cielo límpido durante otra jornada como piloto comercial.

Nini, valerosa, mujer práctica, -sobreviviente a la muerte del primer marido, al autoexilio impuesto en Canadá a la caída de Salvador Allende a manos de los militares en Chile en 1976, a la ruptura con el amante Manuel Arias con quien el capítulo escrito en sus vidas resulta indeleble, de conclusión sorprendente- cría a Maya al lado del profesor Paul Ditson II, afroamericano tan bello como un artista de Hollywood nada más que perdido en las constelaciones del firmamento motivo de su profesión. El bondadoso y sabio astrónomo, Popo, como le dice Maya al segundo abuelo, el único que conoce, la enseña a dominar los colores, a hacer “lombrices con plastilina” y la bombardea con títulos interminables de libros para fomentarle el conocimiento.

La saga de Laura Barron, el alias de Maya Vidal en Las Vegas, representa el oscuro pasado, aquel en el que se involucró sin ninguna aspiración excepto la casualidad, se integró a una banda de ladrones que trafican con estupefacientes además de cualquiera actividad ilícita donde el robo de automóviles representa lo más limpio del negocio. De no ser por las placas metálicas para imprimir billetes falsos, el destino de Maya hubiese acabado con la sangre envenenada por las drogas.

En Chiloé transcurre el presente, pretende evitar que el pasado la alcance; la drogadicción, las huestes del FBI que cerró el caso de las placas metálicas y la desaparición de Laura Barron, de Martín y el Chino, miembros de la banda de Brandon Leeman, su benefactor, hasta el día de su muerte, el persistente oficial Arana quien no cejó hasta llegar a la isla bucólica en busca de Maya o Laura.

Chiloé le regresa la vida a Maya, Manuel Arias el ex amante de Nini, la tía Blanca sobreviviente de cáncer de seno y directora de la escuela en donde Maya encuentra un sentido a su existencia, el amor por Daniel Goodrich, la nobleza y compañía de Fakin el perro cojo, el guardián incondicional que no contiene al oficial Arana de la golpiza que le propina, sin olvidar el destino de las placas metálicas.

Isabel Allende nos revela dos historias en dos sitios opuestos, nos regala en esta inolvidable novela el detalle necesario para exclamar con admiración las bellezas de parajes insospechados, asco por acciones repugnantes, reír, llorar, atormentarnos con la intensidad de Maya, reflexionar sobre la fragilidad de la vida siempre amenazada por la muerte, en donde las causas más simples se vuelven trascendentes.

Foto cortesía de Vintage Español

 
 
 
 
 
 

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