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Madame Bovary, de Gustave Flaubert

La novela es uno de los libros más seductores de la literatura romántica. Condensa la pasión, el honor, las formas y modos de la sociedad francesa en 1857. Los cambios conductuales de entonces a hoy son similares, la presencia de Madame Bovary en la mente de los hombres es de sobra vigente: políticos como Eliot Spitzer, el exgobernador de Nueva York; el expresidente Clinton y la Lewinsky; recién, las andanzas torcidas del exdirector del Banco Mundial Dominique Strauss Kahn en el hotel Sofitel en Manhattan, son meras fantasías sexuales que la vida cotidiana no permite, al fin, ilusiones calenturientas de adolescente.

Para quienes pasamos por el aula de literatura, Flaubert, considerado el padre de la novela moderna por todos los escritores y autor de Madame Bovary, es y era obligatorio.

¿Qué tendría de espectacular su libro?, siempre me interrogué sin leerlo aun.

Para mí, primero están Julio Cortázar, Pablo Neruda y Vargas Llosa como representantes de creatividad, pureza del lenguaje y armonía.

Flaubert, abogado, de familia adinerada, nació en diciembre del 1821, en Ruan en Normandía, Francia, congénere de Baudelaire, el monstruo de la literatura francesa. La madame, la Bovary, es una novela de ficción, presumo que la narración nos traduce las frustraciones del autor para alcanzar los favores de una cortesana a quien no supo cómo abordar, excepto en su libro.

Perfeccionista, líder como escritor al utilizar la “única” palabra correspondiente a la intención en la oración.

Mantuve a Gustave Flaubert presente, en el escritorio sin tocarlo. Nos reconocíamos, yo, sin voluntad por desentrañarlo.

Una tarde cualquiera, lo inicié. Asustado por descubrir la inexistencia de su grandeza. Para mi sorpresa, las hojas transcurrieron una detrás de otra, sin sobresalto, hasta que a la mitad de la novela empecé a oler el estiércol y el lodo, a escuchar el crujido de las ruedas de los carruajes sobre los caminos anegados de una tarde lluviosa, acercándose a la fiesta en un palacete campirano. Olí el aroma del vino y los susurros de las damas. El cuchicheo de los caballeros admirando la belleza de las mujeres,  y por  su mente, el deseo por desabrocharles el corsé.

Entonces, aprendí el valor de la pluma de un autor a quien le tomó más de siete años escribir esa novela, nunca se acongojó por la publicación, encubó como todos los autores el temor al fracaso, aplazó el inevitable momento de desnudar su obra ante los ojos del público y la crítica mordaz e ingrata, como suele ser.

Sugerir un texto resulta una tarea titánica, nunca sé por dónde empezar, son tantos dignos de aplauso.

En esta ocasión, decidí ahondar más allá del siglo XX, hice mis conjeturas y estimé que el tiempo es generoso para abundar más atrás.

Cualquier persona que se considere lector, debe leer a Flaubert con detenimiento, uno de los regalos literarios más preciados, súmele el argumento, la historia de Madame Bovary, y le marcará para siempre  la manera de apreciar el romanticismo y otras obras mayores o menores.

Por él, estamos obligados a aprender, a superarlo… disfrutarlo.

 
 
 
 
 
 

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