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Familia, familiares y convivencia

Tengo la “ligera impresión” de que cuando se habla de familia al sur del río Grande suelen incluirse una cantidad mucho mayor de personas que en el mundo anglosajón. De pequeña, recuerdo que mis tíos, mis primos, mis abuelos y toda una lista de parientes cuya relación sanguínea a veces se me hacía difícil describir eran parte de “mi familia”. En ocasiones muchos de ellos vivían bajo el mismo techo, y también nos visitábamos y participábamos juntos en más actividades y con mucha más frecuencia.

Desde que comencé a vivir en Estados Unidos, me enfrenté al nuevo concepto restringido de “familia” como el núcleo básico de la pareja y los hijos, mientras que el resto de los familiares o parientes pasaban a formar parte de la “familia extendida”. Este enfoque, que primero comprendí y luego empecé a asimilar, también parece imponerse poco a poco en otras sociedades modernas. Pero a pesar de ese cierto distanciamiento y el traspaso de funciones tradicionalmente familiares a las instituciones sociales (muchos abuelos van a los asilos, y si vamos al médico a los niños los cuida una babysitter en lugar de algún tío), todavía se producen situaciones de convivencia, más o menos temporal, con los familiares, parientes o miembros de la familia extendida, como prefieras llamarlos.

Esto sucede sobre todo en familias de inmigrantes, que tienden a recibir y ayudar en su primera etapa a los recién llegados. Y si es difícil y delicada la convivencia en la “familia” básica, cuando aparece un agregado las cosas se pueden complicar mucho más. Para evitar conflictos que pueden convertirse en altercados y poner en peligro la armonía y el futuro de las relaciones, es preciso armarse de paciencia y disciplina. Desde el mismo principio hay que dejarle claras las reglas del hogar a la persona acogida y establecer sin tapujos cuál será la extensión de tiempo que se quedará con la familia.

Si existen las condiciones adecuadas para que el pariente tenga su espacio, todos deben ser considerados y respetuosos con su cuarto o su baño, de la misma manera que el familiar lo tiene que ser con la casa que lo recibe. Si es alguien que se está adaptando a la vida en los Estados Unidos, no debemos olvidar que tal vez no comprenda aún cómo funcionan las cosas y le puede tomar tiempo aceptar la idea de que en un momento dado deberá independizarse. A pesar del enfoque diferente, no hay razón para que los familiares se mantengan unidos, pero, de la misma manera que “el que se casa, casa quiere”, podría decirse que cada “familia” debe tener su casa y crear su hogar.

Foto: Lifesize/David Sacks

 
 
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