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Gritos compartidos

Dicen que no hay nada más triste que un hogar que nunca llegue a llenarse de ruidos de niños. Pero piénsalo bien antes de repetírselo a alguien en un momento en que esté a punto de perder la razón en medio de alaridos infantiles, juguetes escandalosos y televisores a todo volumen, o en las embarazosas situaciones que implican las rabietas en lugares públicos.

Los ruidos de una casa donde vivan niños, aunque sí son compartidos como en los versos del cantante Sabina, no tienen nada de silenciosos. Los padres llegamos a acostumbrarnos, tal vez, en el fondo, con el anhelo de disfrutar aun más los pocos minutos de silencio.

Es una realidad innegable que los niños (de cualquier edad, créanme) tienden a elevar el volumen de la voz, por mucho que les recordemos usar su “voz de interiores” y les sugiramos que “el patio o el parque es el lugar para gritar”. ¿Y por qué gritan los niños? Sin duda, como los adorables perritos que tratan de comunicarse con sus dientes a falta de palabras, en muchas ocasiones los niños gritan para llamar la atención y expresarse, o simplemente para liberar energías, porque todavía no son capaces de hacerlo de otra manera. También influye, por supuesto, el ambiente donde se críen.

Es posible regular, e incluso eliminar, gran parte de la contaminación sonora que puede influir sobre ellos, como el volumen de la música y el televisor, y hasta los timbres de los teléfonos. También será más fácil controlarlos predicando con el ejemplo: yo siempre trato (aunque no siempre lo consiga) de hablarles en un tono de voz pausado y responderles bajando el volumen cuando ellos gritan. Aunque confieso que a veces, como en esos restaurantes donde nos empiezan a mirar con reprobación, no queda más remedio que irnos con nuestro ruido a otra parte.

 

(foto vía)

 
 
 
 
 
 

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