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Un día sin niños

“¿Siempre supiste que querías tener hijos?”, me soltó de repente una chica, algo más joven que yo, con la que estuve trabajando hace poco. Era evidente que ella misma se debatía con su propio dilema ante la inminente responsabilidad y quería confrontar con un punto de vista diferente. Luego llegó a confesarme que todavía no estaba muy convencida de si le gustaría llegar a ser madre.

En la actualidad, mi compañera no es un caso aislado: la tasa de natalidad, sobre todo en el mundo desarrollado, no deja de disminuir, hasta el punto de que muchos países dependen como nunca antes de la inmigración para evitar que merme su población. Muchos hombres y mujeres modernos optan por no sacrificar su independencia y estilo de vida, y renuncian de plano a la procreación. Se dedican en cambio a sus carreras y a sus placeres y viven en un mundo sin “locos bajitos”. Sin embargo, es inevitable que ese universo se entrecruce en ocasiones con uno paralelo, el de los gritos, las perretas, las carreras descontroladas y los regaños. Y, aparentemente, a los integrantes del ejército de estériles se les está llenando la copa y no están dispuestos a seguir soportándolo.

Ahora en los Estados Unidos está cobrando fuerza un movimiento que se propone la prohibición de los niños de ciertos espacios, aunque por el momento sea solo a ciertas horas o en determinadas circunstancias. Algunas tiendas y supermercados ofrece horarios para “compras sin niños”, los restaurantes se aventuran a prohibir la presencia de niños menores de seis años y no sería de extrañar que pronto las aerolíneas comiencen a imponer sus propias regulaciones, como ya ha sucedido en otros países. Existen complejos de apartamentos y paquetes de viaje a resorts solo para adultos… es el surgimiento de una nueva minoría lista para ser discriminada.

No niego que en ocasiones mis hijos han incomodado a las personas en lugares públicos. Soy la primera que se opone a permitir el mal comportamiento y estoy de acuerdo en que los padres y las instituciones deben establecer el control. Pero de ahí a comenzar a tratarlos como seres contaminados va un gran trecho. Sí, siempre supe que quería tener hijos, y aunque soy de carne y hueso y puedo llegar a agobiarme y necesitar un descanso, no creo que podría vivir en un mundo sin ellos.

Foto: Bananastock

 
 
 
 
 
 

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