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¿Padre o amigo?

Por: Ruben Cazalet

De pequeños nuestro padre es un héroe, el campeón en todos los deportes, el ser más admirado, nos defiende de la adversidad, lo miramos como un gigante y hasta soñamos que es el mejor policía del mundo, el bombero más intrépido, es el mismísimo Superman. Él lo puede todo.

Durante nuestra adolescencia, criticamos al “viejo”. Es un pasado de moda, no sabe nada, su manera de pensar es absurda, no tiene idea del presente, se quedó en la prehistoria. De plano, el “viejo” está chocheando. Lo criticamos, no lo obedecemos y hacemos de las nuestras a su espalda o de frente, lo confrontamos muchas veces,  lo retamos convencidos de que nuestra rebeldía es la única verdad.

Él, tolerante nos indica, nos sugiere…

Cuando nuestra tozudez lo agobia sin arribar a ningún acuerdo, el único argumento que le queda es el castigo. Aturdidos, indignados, le damos un portazo en las narices, el estado de incomprensión nos orilla al autoflagelo, nos encarcelamos en la habitación a oscuras, desmenuzamos al mundo rehenes de nuestro desconocimiento; de quiénes somos, qué queremos hacer en la vida, hacia dónde vamos, lo único que repetimos en señal de confusión es: “El viejo no sabe nada, es un patán…”, y cuando el temor del hoy, del mañana se desvanece, nos largamos a la calle a buscar la respuesta que “el viejo” nos anticipó. 

De jóvenes, probablemente casados o con un pie con el juez de paz y en la iglesia,  le consultamos de la vida, de los negocios, de política o religión. Sin convencernos al cien, le damos el beneficio de la duda por “viejo”, por experiencia debe saber más. Si nuestro aprieto es económico, sin decir palabra abona en nuestra cuenta bancaria la suma suficiente para sacarnos del atolladero. Nunca se le ocurre mencionarlo en familia, ni en público, jamás nos cobra, nunca utiliza la contribución para chantajearnos. Las sugerencias que ofrece, los secretos que nos guardó, las ayudas recibidas, todos se los lleva en silencio de la mano con el alemán “Alzheimer”, quien le ayuda a olvidar para siempre. 

Adultos, irremediablemente nos congratulamos de tener un padre sabio, “el viejo” se las sabe todas, las sugerencias nos alientan, tiene respuestas atinadas de cualquier tema y, con sólo mirarle a los ojos, sabemos cuál es la dirección que debemos tomar.

Mi padre ya no me acompaña, pero de estar aquí, lo buscaría en todo momento para aprenderle más, para gozarlo, reír o llorar con él, reconocer que más que un amigo siempre fue mi padre, y miren, que soy amigo incondicional.

“El viejo” nunca necesitó ser amigo para ser el gran guía de mi vida; ser padre le nacía del alma.

Foto:  Jupiterimages/ via Getty Images

 
 
 
 
 
 

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