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La vergüenza de amamantar

Pocas cosas pueden generar sentimientos tan tiernos como la maternidad. Los gestos, las acciones, los sacrificios. Desde la concepción y el tiempo que llevamos la nueva vida en nuestro vientre, hasta su alumbramiento, el posterior cuidado y la crianza. Las madres dejamos de ser seres individuales para convertirnos en dualidades: somos nosotras y a la vez somos nuestros hijos.

Y uno de los momentos más íntimos, uno de esos actos de devoción y de entrega total es amamantar al bebé. Sin embargo, por alguna razón que no comprendo, muchas personas consideran dar el pecho como algo casi obsceno y está incluso prohibido en muchos sitios públicos. Imagino que tendrá que ver con la gran hipocresía, con el temor, quizás, a que esa manifestación de cariño y de satisfacción de una necesidad biológica logre imponerse sobre perversidades ocultas de un sector enfermo de la sociedad.

A la expulsión de mujeres de tabernas, centros comerciales y otros lugares, y a la prohibición de permanecer en salones de espera por darles el pecho a sus hijos, ha venido a sumarse la indignación provocada por un juguete español llamado Bebe glotón que promueve la lactancia a través de una muñeca que, ¡ay!, gran pecado, chupa de unos pechos imaginarios, en lugar de un biberón.

Si me dijeran que las industrias productoras y comercializadoras de alimentos artificiales para lactantes estuvieran expresando su protesta, no me asombraría. Pero asegurar que ese juguete que imita un acto maternal, natural y nada sexual sea grotesco, desagradable, raro y caldo de cultivo para pederastas, eso sí que es tener una mente putrefacta.

Celebremos a las madres, las de hoy y las del mañana, con la esperanza de que el futuro les depare más aceptación a la leche materna, al acto de amamantar… y al hecho de educar a las niñas a sentirlo como algo puro.

Foto: Comstock

 
 
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