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Carne de res alimentada con pasto

La semana pasada mi familia se deleitó con un plato poco común para la cena, tanto que puedo asegurar que los niños no lo habían comido nunca, y mi esposo y yo si acaso apenas lo recordábamos: carne de res. No es que seamos vegetarianos o que evitemos por alguna razón el consumo de la carne roja. En realidad, somos más bien omnívoros, tratamos de tener una dieta lo más variada posible que incluya verduras, granos y proteínas de todos los orígenes.

Lo que sucede es que esa carne, que preparamos a la parrilla con toda la pompa de un ritual, era de res alimentada con pasto. Hemos visto tantos documentales y leído tantos artículos sobre las ventajas de la ganadería con alimentación basada en el pastoreo natural, comparada con la de los animales cebados a base de maíz y hormonas, que desde hace tiempo venimos investigando los sitios donde se puede comprar, y de ser posible, incorporarla a nuestro menú con tanta frecuencia como lo permitan nuestras finanzas (de más está decir que no es nada barata).

De manera inesperada, encontramos un corte de primera en un supermercado y a un precio increíblemente bajo. Desde la misma caja contadora llamaba la atención por su apariencia, de un color rojo más oscuro y vetas de grasa menos blanca. También el olor, todavía sin cocinar, era más intenso. Pero nada se pudo comparar con la experiencia sensorial de su sabor. Asada solo con sal de mar y una pizca de pimienta, era una mezcla de la esencia salvaje de la carne de caza con la suavidad del animal domesticado. Fue una verdadera fiesta del paladar. Si le sumamos el hecho de saber el bien que representa para la salud y lo fácil que fue de digerir, pienso que vale la pena hacer la transición, incluso si tenemos que sacrificar la cantidad a cambio de la calidad.

 

Foto: iStockphoto

 
 
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