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Dolores después de hacer ejercicios.

Llevaba varios días alejada del gimnasio, y en ese tiempo solamente corrí algunas millas en un par de ocasiones, y cuando me desperté después de la primera sesión de ejercicios intensos me dolía hasta la idea misma de levantarme de la cama. Los músculos parecían decididos a vengarse del maltrato al que los había sometido la mañana anterior y se negaban a cooperar conmigo. Los pasos que me separaban de la cafetera se hacían interminables. Por suerte, no había perdido el sentido del humor, y recordé la inscripción que leí hace algún tiempo en la camiseta de un forzudo culturista: “El dolor es la gordura saliendo del cuerpo”.

Con mi primera taza de café en una mano, me senté a despertarme por fin y a reconciliarme con el cuerpo adolorido. En realidad, tengo que confesar que he aprendido a disfrutar con cierto masoquismo bien informado de esa reacción de los músculos, que viene siendo su modo de decirme que algo estoy haciendo bien. No me refiero al malestar causado por las lesiones que siempre debemos evitar, sino a las consecuencias del proceso de recuperación natural. Sin embargo, el hecho de que haya mucho de cierto en aquello de que no pain, no gain (sin dolor no se logra nada), tanto para ponerse en forma como para todas las facetas de la vida, no quiere decir que no existan maneras de evitar o controlar el sufrimiento después de un buen workout.

Los alimentos que ingerimos (¡el café es una gran ayuda!), el calentamiento y el estiramiento, la constancia en los ejercicios, el reposo, los masajes, todos contribuyen a sobrellevar y reducir los efectos de las agujetas. La próxima vez que introduzcas un nuevo ejercicio en tu rutina y tu cuerpo parezca reprochártelo al día siguiente, piensa que es una muestra de agradecimiento y, después de la primera mueca quejumbrosa, trata de esbozar una ligera sonrisa de satisfacción.

 

 
 
 
 
 
 

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